¿La inteligencia artificial está haciendo que los alumnos aprendan menos?
La inteligencia artificial puede explicar un tema, resumir un texto, resolver un problema, corregir una redacción y hasta proponer una respuesta para una tarea.
Luego entonces mi cabeza no puede evitar la pregunta incómoda:
Si la inteligencia artificial hace cada vez más cosas por nosotros, ¿en qué momento dejamos de hacer la parte que necesitábamos para aprender?
No significa que utilizar ChatGPT o cualquier otra herramienta de inteligencia artificial sea malo para los estudiantes.
Es entonces que mi cabeza se ve obligada a hacerse una pregunta más.
¿Qué parte del proceso de aprendizaje estamos entregando a la máquina?
Porque terminar una tarea no necesariamente significa haber aprendido.
Hacer una tarea y aprender no son lo mismo
Imagina que un estudiante recibe la indicación de escribir un ensayo sobre el cambio climático.
Tiene varias posibilidades.
Puede investigar, leer, seleccionar información, comparar fuentes, organizar sus ideas, equivocarse, corregir, escribir y finalmente entregar su trabajo.
También se lo puede pedir a una inteligencia artificial:
«Escribe un ensayo de 800 palabras sobre el cambio climático para estudiantes de secundaria.»
En unos segundos tendrá un texto.
Desde el punto de vista de la productividad, la segunda opción parece extraordinaria. Siempre se regirán por la ley del menor esfuerzo, como todo ser humano en general.
Desde el punto de vista educativo, tenemos que hacer una pregunta adicional:
¿Qué aprendió el estudiante mientras la máquina hacía el trabajo?
Ahí está una de las discusiones más importantes que la IA está planteando a la educación.
La inteligencia artificial puede ahorrar trabajo, pero aprender requiere investigar, analizar, crear y pensar.
La paradoja de hacer las cosas más rápido
En 2025, investigadores vinculados al MIT Media Lab publicaron un estudio preliminar sobre el uso de ChatGPT durante la escritura de ensayos.
Participaron 54 personas en las primeras sesiones del experimento. Los investigadores utilizaron electroencefalografía (EEG), además de analizar los textos y entrevistar a los participantes.
El estudio comparó tres condiciones: personas que escribían utilizando un modelo de lenguaje, personas que utilizaban un buscador y personas que escribían sin herramientas externas.
Los resultados encontraron diferencias en los patrones de conectividad cerebral entre los grupos. El grupo que utilizó el modelo de lenguaje presentó el nivel más bajo de conectividad entre los tres grupos estudiados.
El estudio también reportó que los participantes que utilizaron el modelo de lenguaje completaron las tareas más rápidamente y mostraron menor participación cognitiva en determinadas medidas.
Sin embargo, hay algo que debemos dejar muy claro.
Este estudio no demuestra que ChatGPT «dañe el cerebro» ni que utilizar inteligencia artificial haga que una persona pierda su capacidad de pensar.
El propio MIT señala que se trata de resultados preliminares, que el trabajo no había sido revisado por pares cuando fue publicado como preprint y que la muestra fue limitada. Sin embargo, la estadística no deja de serlo solo por esta última razón.
Tampoco significa que debemos ignorarlo, pero sí que debemos interpretarlo adecuadamente.
Y la pregunta educativa que plantea resulta mucho más interesante que un titular alarmista:
¿Qué sucede cuando una herramienta elimina precisamente el esfuerzo mental que una actividad pretendía provocar?
El esfuerzo también forma parte del aprendizaje
Aprender no consiste únicamente en recibir una respuesta correcta. Cuando un estudiante intenta resolver un problema, tiene que decidir qué información necesita, valerse de conocimientos anteriores, establecer relaciones, probar una estrategia y detectar sus propios errores.
Ese proceso puede resultar lento. Incluso puede resultar frustrante. Sin embargo, esa dificultad no necesariamente es un problema. Muchas veces, esa dificultad forma parte del aprendizaje. Si una inteligencia artificial proporciona inmediatamente la respuesta, podemos ahorrar tiempo. Pero también podemos eliminar una parte del proceso que hacía que el estudiante tuviera que pensar.
La inteligencia artificial puede ayudar al alumno, pero no debería sustituir su pensamiento.
Por eso no deberíamos plantear la discusión como:
IA sí o IA no.
La pregunta educativa debería ser:
¿Para qué utilizamos la IA y qué parte del aprendizaje debe seguir realizando el estudiante?
El problema no es utilizar IA. Es utilizarla como sustituto.
Aquí aparece una diferencia fundamental.
Un estudiante puede utilizar inteligencia artificial para recibir una explicación diferente de un concepto que no comprendió. Puede pedirle que genere preguntas para practicar. Incluso solicitarle que encuentre errores en un texto que él mismo acaba de escribir. O pedirle que compare su solución con otra propuesta por la IA. Tal vez también sea viable discutir con la herramienta y tratar de demostrar por qué considera que una respuesta es incorrecta.
En todos esos casos, la inteligencia artificial puede formar parte de su proceso de aprendizaje. Aunque existe otra posibilidad. El estudiante puede entregar lasinstrucciones de una tarea a la herramienta y limitarse a copiar la respuesta para hacerla pasar como suya. La diferencia enotnces no está necesariamente en la herramienta.
Está en lo que hace el estudiante con ella.
Después de algunos años de haber dado clase a adolescentes, mi regreso al aula estuvo marcado por la inteligencia artificial.
Prácticamente cualquier actividad que les pedía a mis alumnos de secundaria se resolvía en cuestión de minutos. Entregaban el trabajo y, casi inmediatamente, llegaba la pregunta:
—¿Ahora podemos jugar?
Muchas de esas respuestas salían de internet, o mejor dicho, de ChatGPT, la herramienta de inteligencia artificial más popular. Así que tuve que cambiar la manera de pedirles las actividades.
Las preguntas podían entregarse en formato digital, pero las respuestas debían estar escritas a mano. Posteriormente, el trabajo completo se entregaba digitalmente, incluyendo fotografías o digitalizaciones de sus respuestas.
Y como buen docente de tecnología que sabe que, así como existen inteligencias artificiales capaces de generar textos, también hay herramientas que simulan una letra manuscrita, obviamente pedía las preguntas escritas en sus respectivos cuadernos. Así me aseguraba que las respuestas fueran suyas. Sin embargo, mi intención no era encontrar una barrera infranqueable para la IA, sino obligarlos a leer para después escribir. Y aunque no podía garantizar que todo ese contenido se quedara en sus cabezas, sí favorecía que, tras leer y escribir de puño y letra, algo —por mínimo que fuera— conservaran sus cerebros.
En un principio, la medida molestó a los alumnos; cada vez me hacía menos popular, sobre todo en las entrevistas con los padres de familia de los más inquietos o reacios al trabajo en clase y en casa. Después de explicarles mi estrategia, hubo quienes incluso me agradecieron lo que uno llamó “mi ocurrencia”. Eso sí ninguno se mostró en contra.
Con el tiempo entendí que tampoco podíamos limitar la discusión al comportamiento de los estudiantes. Las autoridades escolares tienen una responsabilidad enorme en la manera en que conciben el trabajo escolar. Cuando un alumno termina una actividad y lo primero que pregunta es si ya puede jugar, podemos concluir que ese comportamiento no apareció de la nada: responde a un modelo de trabajo previo.
Ustedes no están para saberlo pero una ocasión, al suplir a un profesor lesionado, me encontré con un grupo que ya tenía dinámicas y expectativas muy definidas sobre lo que significaba trabajar y terminar una actividad. También descubrí algo que no debemos perder de vista: los alumnos pueden ser sorprendentemente inocentes frente a la tecnología.
Entre las tantas medidas no populares que llevé a cabo, fue la de anular exámenes. Y como nunca me ha gustado aplicarlos impresos para que los alumnos los resuelven de puño y letra, los aplico mediante Google Forms. ¡Caramba, mi materia es Tecnología! Si están frente a una computadora, lo lógico es que aprendan a utilizarla. Además, este sistema me permite evitar una de las actividades que más tiempo consume a cualquier docente: calificar. Porque no solamente consume tiempo en la escuela. Generalmente es una actividad que termina haciéndose en casa, en ese supuesto tiempo de descanso que cada vez es más escaso y que además ¡no tiene paga!
En fin, que uno de esos días, le anulé la evaluación a un chico que copiaba y pegaba las preguntas ¡en el buscador de google! Imagínense. Teniendo al alcance una IA que le puede dar las respuestas inmediatamente, sin contar el hecho de que pueden ser correctas o no, prefería hacer una búsqueda tradicional, la que te lleva a una lista de páginas que contienen la información pero no precisamente la respuesta. Al menos no a la mano como la entrega Claude, Gemini o Chat GPT, por mencionar algunas.
Y esto viene acompañado de otro problema: ¿cómo sabe un alumno de esa edad si una página es confiable o si la información es cierta?
Aquí hay una diferencia fundamental. Cuando un profesional utiliza inteligencia artificial en su área, cuenta con conocimientos previos que le permiten detectar cuando una respuesta carece de sentido. Pero si ponemos a un arquitecto a consultar sobre medicina veterinaria, se encontrará prácticamente en la misma posición que un alumno frente a un tema que aún no domina. Y a esta edad son casi todos. A no ser que se trate de fútbol, videojuegos o literatura juvenil, por mencionar solo algunos. No saber lo suficiente sobre un tema significa no tener las herramientas para detectar el error.
Por eso ya no podemos limitarnos a prohibir la inteligencia artificial; estamos obligados a enseñar a utilizarla. Si no lo hacemos, terminarán usándola a nuestras espaldas.
Sin embargo, enseñar a usarla no significa permitir que la IA haga el trabajo que pretendíamos que ellos hicieran. Implica encontrar la manera de que participe en el proceso sin dejar de lado el propósito fundamental que debe tener cualquier profesor: que los alumnos aprendan, sin importar lo que debamos hacer para conseguirlo, tanto en el aula como cuando dejas trabajo para que resuelvan en casa.
Quizá ahí radica una de las claves. No se trata de regresar a una época sin tecnología ni de fingir que la inteligencia artificial no existe, sino de aceptar que ya forma parte de nuestro entorno. Debemos enseñar a usarla sin renunciar al aprendizaje que debería producirse en el camino.
Porque si al final de una actividad lo único que podemos comprobar es que el alumno obtuvo una respuesta correcta, queda una pregunta mucho más importante:
¿Quién hizo realmente el trabajo intelectual para llegar hasta ella?
Estamos obligados a enseñar el uso de la IA, pero también a procurar que, después de utilizarla, algo se les quede. Aunque sea poco. Aunque debamos cambiar la forma de enseñar y de evaluar.
Porque el objetivo nunca, al menos el mío, es que el alumno entregue una respuesta salida de quién sabe dónde; mi objetivo es que aprenda tras haberla entregado y que sepa que esa respuesta puede ser todo menos correcta. Por que la IA puede llegar a no solo a mentir, sino a inventar para cumplir su propósito que es el de dar una respuesta. Y en ocasiones, la que sea.
Y quizá aquí aparece una manera sencilla de entender lo que está ocurriendo: la IA puede convertirse en el piloto automático del aprendizaje.
La pregunta no es si usamos IA, sino qué parte del pensamiento seguimos dejando en manos del alumno.
No porque la inteligencia artificial esté tomando el control por sí misma, sino porque podemos terminar entregándole aquello que precisamente necesitábamos que el alumno hiciera: leer, investigar, comparar, decidir, equivocarse, corregir y construir una respuesta propia.
El problema no es que el alumno utilice IA. El problema aparece cuando deja de estar al mando de su propio aprendizaje y se limita a aceptar lo que la herramienta produce.
La IA puede ayudar al alumno a avanzar. Pero el alumno debería seguir siendo quien decide hacia dónde va.
El alumno debe seguir al mando de su propio aprendizaje.
La misma tecnología puede ayudar a aprender o evitar el aprendizaje
Imaginemos dos estudiantes. El primero escribe un problema matemático y pregunta:
«No entiendo cómo empezar. Explícame el procedimiento sin darme todavía la respuesta.»
La inteligencia artificial puede apoyar el aprendizaje, pero el criterio pedagógico sigue siendo responsabilidad del profesor.
El segundo escribe:
«Resuelve este problema y dame únicamente la respuesta.»
Ambos utilizaron inteligencia artificial. Pero no utilizaron la herramienta de la misma manera. El primero está utilizando la IA como apoyo. El segundo está delegando el proceso. Esto puede parecer una diferencia pequeña, pero desde el punto de vista educativo es enorme.
Por eso UNESCO ha planteado que la inteligencia artificial generativa en educación debe utilizarse desde un enfoque centrado en las personas, con atención a aspectos como el diseño pedagógico, la ética, la privacidad y el desarrollo de capacidades humanas. Además, propone competencias específicas para estudiantes las que están relacionadas con una mentalidad centrada en las personas, ética de la IA, conocimiento de sus fundamentos y capacidad para utilizarla y crear con ella.
No se trata solamente de enseñar a los alumnos a «usar ChatGPT». Se trata de enseñarles a pensar mientras utilizan herramientas que pueden pensar con ellos.
Si un estudiante utiliza IA para hacer su tarea, podemos discutir qué parte del aprendizaje está delegando. Pero ¿qué sucede cuando el profesor también empieza a delegar buena parte de su trabajo? Porque la inteligencia artificial puede preparar una planeación, proponer actividades, redactar instrucciones, generar preguntas, elaborar una rúbrica o adaptar un texto. Lo que además puede representar un ahorro de tiempo extraordinario. Y claro que no hay ninguna razón para rechazarlo de manera automática. Un profesor no debería pasar horas realizando tareas administrativas que una herramienta puede ayudarle a resolver. Sin embargo, el verdadero riesgo aparece cuando la herramienta deja de ser un apoyo para convertirse en sustituto del criterio profesional.
La IA puede generar una explicación. El profesor está obligado a determinar si es adecuada para la edad, el contexto y los conocimientos de sus estudiantes. No todos los grupos son iguales por el simple hecho de pertenecer a un mismo grado. El profesor es el único que conoce el contexto de sus estudiantes y en esto no hay IA que pueda proponer. Puede producir una rúbrica. Pero es el profesor quien decide qué significa aprender realmente en su asignatura.
La diferencia es importante.
La inteligencia artificial puede producir contenido. El criterio pedagógico sigue siendo responsabilidad humana.
Recurso gratuito
La IA puede ser una herramienta.
No tiene que convertirse en el piloto.
Si utilizamos IA para que el alumno deje de investigar, analizar, equivocarse, corregir
y explicar, quizá estemos resolviendo la tarea, pero no necesariamente el aprendizaje.
Por eso preparé “IA sin piloto automático”: un recurso gratuito con
10 actividades prácticas para trabajar con inteligencia artificial sin quitarle al
alumno la parte del proceso que realmente necesita aprender.
En México, esta discusión no ocurre fuera del marco educativo. La Nueva Escuela Mexicana coloca entre sus preocupaciones la formación integral, el pensamiento crítico y la relación de la educación con el contexto de los estudiantes. Y esta conversación empieza a reflejarse también en las acciones institucionales relacionadas con la inteligencia artificial.
En septiembre de 2026, la Secretaría de Educación Pública informó sobre una Carta de Intención con la UNESCO para impulsar la transformación digital educativa y el uso ético de la inteligencia artificial.
En esa comunicación, la SEP destacó la necesidad de avanzar en una cultura y ciudadanía digital sin perder el pensamiento crítico ni el humanismo. Eso resulta especialmente relevante. Porque la discusión no debería ser si las escuelas deben ignorar la inteligencia artificial. La tecnología ya está aquí.
Entonces la pregunta educativa es mucho más difícil:
¿Cómo conseguimos que la tecnología aumente las capacidades de nuestros estudiantes en lugar de sustituirlas?
Cinco preguntas para reflexionar antes de utilizar inteligencia artificial en el aula.
Cinco preguntas que un profesor puede hacerse antes de utilizar IA
Antes de incorporar una herramienta de inteligencia artificial a una actividad, quizá valga la pena detenerse unos minutos y preguntar:
1. ¿Qué quiero que aprenda el estudiante?
No qué quiero que entregue.
Qué quiero que aprenda.
La respuesta cambia por completo el diseño de la actividad.
2. ¿Qué parte del proceso necesita realizar personalmente?
Si el objetivo es desarrollar argumentación, quizá no tenga sentido permitir que la IA genere directamente el argumento.
Si el objetivo es aprender a revisar un texto, puede tener mucho sentido utilizar IA como herramienta de retroalimentación.
3. ¿La IA está ayudando al estudiante a pensar o está pensando por él?
Esta pregunta debería acompañar prácticamente cualquier actividad educativa generada con IA.
Una tarea entregada no necesariamente demuestra aprendizaje.
Por el contrario, una conversación, una explicación oral, una defensa de sus decisiones, una modificación del trabajo o una actividad posterior pueden proporcionar evidencias diferentes.
5. ¿Qué pasaría si quitáramos la IA?
Esta es quizá la pregunta más interesante.
Si el estudiante puede explicar, argumentar y resolver el problema sin la herramienta, probablemente estamos utilizando la IA como apoyo.
Si al quitarla desaparece completamente su capacidad para continuar, quizá hemos delegado demasiado.
La inteligencia artificial no tiene que salir del aula
Tal vez estamos planteando la discusión equivocada. No necesitamos imaginar una escuela completamente controlada por la inteligencia artificial. Tampoco una escuela que pretenda fingir que la IA no existe. Pero sí que podemos imaginar algo mucho más interesante:
una escuela donde los estudiantes aprendan a utilizar la inteligencia artificial sin dejar de pensar por sí mismos.
Una escuela donde la IA ayude a explicar, practicar, comparar, crear y recibir retroalimentación.
Pero donde todavía exista espacio para leer, para escribir, equivocarse. Para discutir, investigar. Para propiciar cambiaos de opinión. Pero, sobre todo, para defender una idea. Y, aún más, para construir una respuesta propia.
Porque quizá el verdadero reto educativo de la inteligencia artificial no sea enseñar a los estudiantes a obtener mejores respuestas.
Quizá sea enseñarles a saber cuándo una respuesta merece ser aceptada, cuestionada o rechazada.
La tecnología puede acelerar el camino. Pero aprender solo se consigue al recorrerlo.
Del dicho al aula
Ahora viene la parte difícil: llevarlo al aula
Saber que la IA puede sustituir parte del trabajo intelectual del alumno es apenas el
comienzo. La pregunta importante es qué actividades podemos diseñar para aprovechar la IA
sin dejar que piense por nuestros alumnos.
Para eso preparé “IA sin piloto automático”, una guía gratuita con
10 actividades que puedes adaptar a tus propias clases.